Podría haber pasado un año o podrían haber pasado cien. El transcurso del tiempo era engañoso desde que no trabajaba.
Pedí unos días en la escuela, pero no fueron suficientes y terminaron despidiéndome. Sólo me quedaba mi trabajo en el estudio, pero pintar se había vuelto tedioso.
Los colores no se acoplaban, las imágenes no venían a mi mente. Mi pulso era un asco. Mi trabajo era tan mediocre que por cada obra terminada había tirado ya más de cinco intentos.
La solución en teoría era fácil: ver a Helena. Solo hablar con ella, estar cerca, olerla.
¿En qué momento mi arte se volvió tan dependiente de ella? ¿Cuándo se volvió ella la fuente de toda mi inspiración?
Más que tristeza o nostalgia, sentía miedo. Miedo a nunca recuperar el amor por la vida, a nunca encontrar otro sentimiento igual de fuerte. La inspiración, no solo para crear, sino también para ponerme de pie cada día.
Nunca detuve mi vida, todo lo contrario. Comencé a hacer deporte, comía más que antes e iba a todas las fiestas que me invitaban. Conocía a todo tipo de personas, y a pesar de que pocas o ninguna me parecía en realidad interesante, sonreír no me parecía difícil en absoluto; era solo al momento de pintar y escribir en que todo se nublaba. Los sentimientos no fluían, se atoraban en mi garganta y mi mano se volvía inútil. Solo había un nombre en los cuadernos que antes llenaba de palabras o colores.
Buscarla sonaba tan fácil. Encontrarla, tomarla en mis brazos y decirle al oído que la amaba, que me perdonara y que nunca más me alejaría, que la necesito como ella un día dijo necesitarme a mi; pero y entonces, ¿Qué? ¿Cuánto tiempo duraría mi felicidad? Hasta darme cuenta que su abrazo no es más que una palmada en mi espalda y que ella no me amaría por mas fuerte que lo intentara, que ella ya tiene a alguien que la sabe hacer sonreír del modo que yo nunca pude, alguien que se merece tenerla para él; porque eso es lo que ella escogió. A mi no me quedaba nada para ofrecerle. ¿Más canciones? ¿Más pinturas? Todas se las había dado cuando le dejé mi corazón y no fueron suficientes. Hoy aún sigo buscando las palabras y los colores que se llevo y que no volverán.
Antropomorfosaurus Ficticio
A veces me da por imaginar historias.
miércoles, 2 de octubre de 2013
miércoles, 31 de julio de 2013
Cap. 7 - Vacío
Mi mamá nos abandonó cuando yo era un niño, así que cuando mi padre me decía que yo era igual a ella no sabía como reaccionar. Pero si en algo me parecía a ella es en que no pude soportar seguir las reglas de mi padre. Tal vez si yo hubiera estado en su lugar también me hubiera ido.
Mi hermana creció odiando a mi madre por haberse ido, pero yo no podía tener ese odio. Aun cuando nos abandonó, yo no supe sus razones y por eso no la puedo juzgar.
Siempre que peleaba con mi papá me gustaba pensar que mi mamá lo hubiera entendido. Que ella hubiera apoyado mi carrera de artista y no me hubiera corrido de su casa por no ser lo que ella esperaba de mi. Tal vez me hubiera abrazado y me hubiera hecho sentir que todo iba a estar bien, tal vez ella tenía todo el calor que faltaba en casa y se lo llevo con ella, o tal vez mi padre se volvió frío al perderla. Tal vez por eso nunca mostró sus emociones, porque aun el, siendo fuerte como era, tenía el corazón vacío después de perder a la mujer que amó.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo el día que pensé en eso por primera vez. ¿Y si yo me volvería como mi padre por haber perdido a Helena? ¿Y si el corazón no volviera a sanar?
Pero yo no la perdí a ella. Yo fui quien decidió alejarse; pero, aun siendo mi decisión, el vacío seguía ahí. ¿Por qué dejar a quien me hacía el hombre mas feliz? Seguro Helena tendría la respuesta. Una respuesta tan simple que me sentiría estúpido de haberlo preguntado. Siempre era así.
Pero y ella, ¿No pensaba en mi? ¿Por qué nunca llamó? Habían pasado cuatro meses que me fui. No me atreví a decirle que se fuera, así que volví a mi viejo estudio, sin importar perder todo por lo que trabajé alguna vez. Había poco espacio, pero no necesitaba más. El olor a pintura y a madera, un baño y una parrilla. Cuando salí de casa es lo único que tenía y nunca me hizo falta nada, pero hoy era tan difícil estar así... No extrañaba la sala de gamuza, ni el comedor, ni mi cama. Solo a Helena. Solo su risa escandalosa y su pésima comida. Sus llamadas interrumpiendo mis clases, su voz al llegar a casa, su olor en mi almohada. Extrañaba aun los días que llegaba a mitad de la noche sin dar explicaciones y se acostaba a mi lado dándome las buenas noches con aliento alcohólico. Extrañaba todo lo que llegué a amar un día y después, otro día, sin saber porque, comenzó a molestarme. ¿En que momento su libertad y su locura dejaron de ser lo más bello y se volvieron insoportables?
Yo la quise, y quererla era perfecto. Quererla como era, amarla como se aman las aves; amar verla volar y descifrar el misterio de su vuelo. Pero un día deje de amarla libre, y la quise mía. Mía y de nadie más. Quise ser su dueño, pero ella no quiso ser mía. Porque un ave fuerte nunca vivirá en una jaula. Volará tan alto que nunca podrás verla otra vez. Y así volaba Helena, alejándose de mi para no vivir atrapada en esa jaula, pero siempre volviendo a ella, para que yo pudiera apreciarla y acariciarla. Tal vez por ego, porque nadie la haría sentirse tan adorada como yo o tal vez porque de verdad yo le importaba y ella sabía lo feliz que podía hacerme el que ella estuviera a mi lado. Hacerme vivir mi fantasía de ser su dueño, aun cuando ni ella ni yo creíamos en esa mentira. Pero entre más me daba, más le pedía; y ese fue mi error. Perdí de vista lo que amé de ella y de repente amé una idea que yo mismo creé, la idea de mi Helena, la que prefería estar a mi lado que estar bailando, corriendo o volando.
Si hubiera sido un poco más fuerte, tal vez me hubiera quedado, hubiera aprendido mi lección y hubiera cambiado, pero no pude controlar mis sentimientos. Cerca de ella nunca podría dejarla en libertad y por eso la dejé. Para que volviera a ser la Helena de la que me enamoré. Helena la del viento, la del mar, la de nadie.
Mi hermana creció odiando a mi madre por haberse ido, pero yo no podía tener ese odio. Aun cuando nos abandonó, yo no supe sus razones y por eso no la puedo juzgar.
Siempre que peleaba con mi papá me gustaba pensar que mi mamá lo hubiera entendido. Que ella hubiera apoyado mi carrera de artista y no me hubiera corrido de su casa por no ser lo que ella esperaba de mi. Tal vez me hubiera abrazado y me hubiera hecho sentir que todo iba a estar bien, tal vez ella tenía todo el calor que faltaba en casa y se lo llevo con ella, o tal vez mi padre se volvió frío al perderla. Tal vez por eso nunca mostró sus emociones, porque aun el, siendo fuerte como era, tenía el corazón vacío después de perder a la mujer que amó.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo el día que pensé en eso por primera vez. ¿Y si yo me volvería como mi padre por haber perdido a Helena? ¿Y si el corazón no volviera a sanar?
Pero yo no la perdí a ella. Yo fui quien decidió alejarse; pero, aun siendo mi decisión, el vacío seguía ahí. ¿Por qué dejar a quien me hacía el hombre mas feliz? Seguro Helena tendría la respuesta. Una respuesta tan simple que me sentiría estúpido de haberlo preguntado. Siempre era así.
Pero y ella, ¿No pensaba en mi? ¿Por qué nunca llamó? Habían pasado cuatro meses que me fui. No me atreví a decirle que se fuera, así que volví a mi viejo estudio, sin importar perder todo por lo que trabajé alguna vez. Había poco espacio, pero no necesitaba más. El olor a pintura y a madera, un baño y una parrilla. Cuando salí de casa es lo único que tenía y nunca me hizo falta nada, pero hoy era tan difícil estar así... No extrañaba la sala de gamuza, ni el comedor, ni mi cama. Solo a Helena. Solo su risa escandalosa y su pésima comida. Sus llamadas interrumpiendo mis clases, su voz al llegar a casa, su olor en mi almohada. Extrañaba aun los días que llegaba a mitad de la noche sin dar explicaciones y se acostaba a mi lado dándome las buenas noches con aliento alcohólico. Extrañaba todo lo que llegué a amar un día y después, otro día, sin saber porque, comenzó a molestarme. ¿En que momento su libertad y su locura dejaron de ser lo más bello y se volvieron insoportables?
Yo la quise, y quererla era perfecto. Quererla como era, amarla como se aman las aves; amar verla volar y descifrar el misterio de su vuelo. Pero un día deje de amarla libre, y la quise mía. Mía y de nadie más. Quise ser su dueño, pero ella no quiso ser mía. Porque un ave fuerte nunca vivirá en una jaula. Volará tan alto que nunca podrás verla otra vez. Y así volaba Helena, alejándose de mi para no vivir atrapada en esa jaula, pero siempre volviendo a ella, para que yo pudiera apreciarla y acariciarla. Tal vez por ego, porque nadie la haría sentirse tan adorada como yo o tal vez porque de verdad yo le importaba y ella sabía lo feliz que podía hacerme el que ella estuviera a mi lado. Hacerme vivir mi fantasía de ser su dueño, aun cuando ni ella ni yo creíamos en esa mentira. Pero entre más me daba, más le pedía; y ese fue mi error. Perdí de vista lo que amé de ella y de repente amé una idea que yo mismo creé, la idea de mi Helena, la que prefería estar a mi lado que estar bailando, corriendo o volando.
Si hubiera sido un poco más fuerte, tal vez me hubiera quedado, hubiera aprendido mi lección y hubiera cambiado, pero no pude controlar mis sentimientos. Cerca de ella nunca podría dejarla en libertad y por eso la dejé. Para que volviera a ser la Helena de la que me enamoré. Helena la del viento, la del mar, la de nadie.
domingo, 21 de julio de 2013
Cap. 6 - No te vayas
"No te vayas" le dije cuando ella estaba abriendo la puerta. "Ni siquiera pensabas decir adiós". Los primeros rayos del sol entraban por la ventana y Helena me miraba desde la puerta sin decir nada, y sin decir nada salió y cerró la puerta tras ella. Pensé en detenerla, pero solo había dormido una hora y mi mente no reaccionó a tiempo.
Cuando volví a abrir los ojos el sol ya se inclinaba al oeste y en mi cabeza sentía un ejercito mal organizado marchando a destiempo de mil tambores. Me duché y después del segundo café mi mente comenzó a atar cabos de la noche anterior.
No había salido con Axel desde que terminé con Paula, siempre sentí que era mas amigo de ella que mío, pero teníamos cuatro o cinco semanas que empezamos a salir de nuevo y las fiestas habían terminado en una patrulla, un choque o inconscientes en una banqueta del centro de la ciudad. Así que supuse que me lo tomaría con calma esta vez, un poco de irreverencia no hace daño, pero lo cierto es que ese tipo de situaciones nunca han ido con mi personalidad. Además, ya tenía suficiente trabajo atrasado en el estudio.
Fuimos a una fiesta bastante improvisada, pero fiesta a fin de cuentas. Era uno de esos sábados que no había nada mejor que hacer.
Eran poco mas de las dos cuando vi a Helena sentada en un sillón dibujando en una servilleta. No era la primera vez que la veía, recuerdo haberla visto en una o dos fiestas antes y no me causaba el más mínimo interés, pero ese día, al verla tan concentrada en algo que parecía ser tan tonto, no pude evitar sentirme intrigado y tuve que acercarme a ella.
Me senté a su lado sin decir nada. Solo observaba sus garabatos y ella parecía no darse cuenta de mi presencia, para ella el mundo solo era esa servilleta, su pluma y lo que para mi parecía un ciervo. Cuando ella se sintió conforme con su trabajo dejo la pluma en la mesa y me miró con una inocente sonrisa
"¿Qué te parece?"
Yo me dí cuenta que el ciervo no tenía cuernos así que le dije "Es muy bonita".
Ella abrió sus ojos rasgados y me arrebató el dibujo "¿Ella? ¿Cómo sabes que es mujer?".
"Los ciervos hombres tienen cuernos".
Ella borro su sonrisa y frunció las cejas "Es un caballo. Obviamente no sabes nada de arte".
No pude evitar reír con ese comentario, era probablemente lo mas irónico que me podría decir una niña borracha que garabatea en servilletas. "Tal vez no," le dije riendo " pero llevo ya tres años viviendo de eso. Soy Fernando Canseco, maestro de artes plásticas y artista independiente, mucho gusto...¿Cómo te llamas?".
Ella se sonrojo y bajo la mirada avergonzada. En toda mi vida, nunca había visto una escena tan conmovedora como su cara en ese momento. No podría contar los cuadros que hice inspirado en ese momento.
"Soy Helena. Helena Gaxiola," dijo sonriendo " y me encantaría ver tu trabajo Fernando".
La tomé de la mano y salimos de la fiesta sin despedirnos de nadie, en el carro hablamos de todo y de nada, tan sencillo como si nos conociéramos de toda la vida y tan interesante como si ella sola fuera un nuevo mundo. Esa fue la magia de Helena. Que desde ese momento, yo ya me había enamorado de ella.
Cuando llegamos a mi casa le mostré mi trabajo, hablamos y bebimos una botella barata de vino de Cabernet Sauvignon. Una cosa llevo a la otra y comenzé a besarla.
Ya no diferenciaba los sabores. El perfume en su cuello, el tabaco en mi garganta, su aliento a alcohol, su cabello... Todo daba vueltas en mi lengua mientras cada respiro me llenaba de ella. Podía sentir sus manos en mi espalda, como me apretaba contra ella y yo, con una desesperación animal, tocaba su cuerpo desnudo, como probándome a mi mismo que ella era real. Cerraba mis ojos y al abrirlos la miraba a media luz, su cabello alborotado, sus ojos rasgados, su boca haciendo muecas al sentirme dentro de ella. Toda ella. Mi Helena, tan perfecta para mi en ese momento. Tan necesaria.
No supe cuanto tiempo lo hicimos. No recuerdo muchas cosas de ese día, solo que de repente ya no la sentí entre mis brazos y al abrir los ojos ella estaba en la puerta.
"No te vayas." le dije, pero a ella no le importó.
Cuando volví a abrir los ojos el sol ya se inclinaba al oeste y en mi cabeza sentía un ejercito mal organizado marchando a destiempo de mil tambores. Me duché y después del segundo café mi mente comenzó a atar cabos de la noche anterior.
No había salido con Axel desde que terminé con Paula, siempre sentí que era mas amigo de ella que mío, pero teníamos cuatro o cinco semanas que empezamos a salir de nuevo y las fiestas habían terminado en una patrulla, un choque o inconscientes en una banqueta del centro de la ciudad. Así que supuse que me lo tomaría con calma esta vez, un poco de irreverencia no hace daño, pero lo cierto es que ese tipo de situaciones nunca han ido con mi personalidad. Además, ya tenía suficiente trabajo atrasado en el estudio.
Fuimos a una fiesta bastante improvisada, pero fiesta a fin de cuentas. Era uno de esos sábados que no había nada mejor que hacer.
Eran poco mas de las dos cuando vi a Helena sentada en un sillón dibujando en una servilleta. No era la primera vez que la veía, recuerdo haberla visto en una o dos fiestas antes y no me causaba el más mínimo interés, pero ese día, al verla tan concentrada en algo que parecía ser tan tonto, no pude evitar sentirme intrigado y tuve que acercarme a ella.
Me senté a su lado sin decir nada. Solo observaba sus garabatos y ella parecía no darse cuenta de mi presencia, para ella el mundo solo era esa servilleta, su pluma y lo que para mi parecía un ciervo. Cuando ella se sintió conforme con su trabajo dejo la pluma en la mesa y me miró con una inocente sonrisa
"¿Qué te parece?"
Yo me dí cuenta que el ciervo no tenía cuernos así que le dije "Es muy bonita".
Ella abrió sus ojos rasgados y me arrebató el dibujo "¿Ella? ¿Cómo sabes que es mujer?".
"Los ciervos hombres tienen cuernos".
Ella borro su sonrisa y frunció las cejas "Es un caballo. Obviamente no sabes nada de arte".
No pude evitar reír con ese comentario, era probablemente lo mas irónico que me podría decir una niña borracha que garabatea en servilletas. "Tal vez no," le dije riendo " pero llevo ya tres años viviendo de eso. Soy Fernando Canseco, maestro de artes plásticas y artista independiente, mucho gusto...¿Cómo te llamas?".
Ella se sonrojo y bajo la mirada avergonzada. En toda mi vida, nunca había visto una escena tan conmovedora como su cara en ese momento. No podría contar los cuadros que hice inspirado en ese momento.
"Soy Helena. Helena Gaxiola," dijo sonriendo " y me encantaría ver tu trabajo Fernando".
La tomé de la mano y salimos de la fiesta sin despedirnos de nadie, en el carro hablamos de todo y de nada, tan sencillo como si nos conociéramos de toda la vida y tan interesante como si ella sola fuera un nuevo mundo. Esa fue la magia de Helena. Que desde ese momento, yo ya me había enamorado de ella.
Cuando llegamos a mi casa le mostré mi trabajo, hablamos y bebimos una botella barata de vino de Cabernet Sauvignon. Una cosa llevo a la otra y comenzé a besarla.
Ya no diferenciaba los sabores. El perfume en su cuello, el tabaco en mi garganta, su aliento a alcohol, su cabello... Todo daba vueltas en mi lengua mientras cada respiro me llenaba de ella. Podía sentir sus manos en mi espalda, como me apretaba contra ella y yo, con una desesperación animal, tocaba su cuerpo desnudo, como probándome a mi mismo que ella era real. Cerraba mis ojos y al abrirlos la miraba a media luz, su cabello alborotado, sus ojos rasgados, su boca haciendo muecas al sentirme dentro de ella. Toda ella. Mi Helena, tan perfecta para mi en ese momento. Tan necesaria.
No supe cuanto tiempo lo hicimos. No recuerdo muchas cosas de ese día, solo que de repente ya no la sentí entre mis brazos y al abrir los ojos ella estaba en la puerta.
"No te vayas." le dije, pero a ella no le importó.
jueves, 20 de junio de 2013
Cap. 5 - Desayunar con Mariela
"Es que yo no entiendo como dejaste a Paula si eran igualitos" me decía Mariela cada que tenía una oportunidad. Después daba un sorbo a su café y seguía "Ella si me gustaba para cuñada, Helena es una niña. Nomás andabas perdiendo el tiempo con ella".
Mariela conocía la manera de iniciar una discusión y amaba hacerlo, y tal vez hubiera funcionado, si yo hubiera sido el hombre que era, no el hombre en que me convirtió Helena. Siempre fui un hombre ordenado, siempre mirando la agenda y mirando después el reloj. No me gustaban las sorpresas ni me gustaban los cambios. Pero ella me enseño a ver la vida con mas calma. Me enseño que la pasión no se usa para discutir, sino para crear y para amar.
Ni Mariela ni mi padre lo entendieron. Para ellos mis pinturas eran una pérdida de tiempo, igual que la poesía. "Nadie puede vivir decentemente de eso" respondía mi papá levantando la vista del periódico cuando me atrevía a insinuarlo. "En esta familia somos doctores, Fernando. Entiende que no puedes tirar a la basura el trabajo mío y de tu abuelo" remataba siempre después de un respiro y sus ojos regresaban a su eterna lectura.
Claro que Mariela amaba a Paula, Mariela era igual a mi padre. El corazón para ellos solo es un musculo bombeando sangre para no morir. Para ellos el corazón no sirve para escribir, ni para pintar, ni para cantar. Paula era una mujer bien acomodada económicamente. Su papá era abogado del mío y era lo mas parecido que él tuvo a un amigo. Mariela y Paula eran amigas desde que tengo memoria. Probablemente aun antes de que yo naciera.
Aun siendo mayor que yo, la madurez de Paula siempre me sorprendió, y tal vez era eso mismo lo que amaban mi hermana y mi padre. Veían en ella la mismas virtudes que creían tener.
Y era eso lo que nos unió a mi y a Paula. Eramos el equipo perfecto para mantener controlada nuestra vida y no imaginaba mi vida con una mujer que no fuera así.
Paula tenía belleza y majestuosidad. Era como un león hecho mujer. Tenia una sonrisa que pocos conocíamos; un semblante serio y relajado, como si siempre tuviera el control de cualquier situación; sus ojos grises y redondos brillaban, fríos como hielo sobre su tez blanca y el cabello, rizado y rojo como cobre, era un laberinto en el que alguna vez me hubiera perdido para siempre.
Helena, en cambio, era de una belleza diferente. Tan sencilla... Tan mundana. Siempre con una sonrisa dibujada y sus ojos rasgados brillando como dos diamantes color miel; su piel tenía pinceladas de sol disparejas y cicatrices, como a quien no le importan los detalles. Ella adoraba ver mis pinturas, mis canciones, mis poemas. Para ella no existían las rutinas y a su lado cada día era de un color distinto. Ella me hizo cantar, me hizo amar... Me hizo loco. De esos sin remedio, y todo lo que no me gustaba en una mujer, ella me hizo adorarlo.
Ella me enseño a cometer errores y no arrepentirme de ellos, y por eso, hoy yo no me arrepentía de ella.
Inhale lentamente mi cigarro, exhalé y me limité a contestar "Paula ya pasó. Igual que Helena" y poniéndome de pie tiré mi cigarro "Gracias por el desayuno, Mariela. Salúdame a papá".
Mariela conocía la manera de iniciar una discusión y amaba hacerlo, y tal vez hubiera funcionado, si yo hubiera sido el hombre que era, no el hombre en que me convirtió Helena. Siempre fui un hombre ordenado, siempre mirando la agenda y mirando después el reloj. No me gustaban las sorpresas ni me gustaban los cambios. Pero ella me enseño a ver la vida con mas calma. Me enseño que la pasión no se usa para discutir, sino para crear y para amar.
Ni Mariela ni mi padre lo entendieron. Para ellos mis pinturas eran una pérdida de tiempo, igual que la poesía. "Nadie puede vivir decentemente de eso" respondía mi papá levantando la vista del periódico cuando me atrevía a insinuarlo. "En esta familia somos doctores, Fernando. Entiende que no puedes tirar a la basura el trabajo mío y de tu abuelo" remataba siempre después de un respiro y sus ojos regresaban a su eterna lectura.
Claro que Mariela amaba a Paula, Mariela era igual a mi padre. El corazón para ellos solo es un musculo bombeando sangre para no morir. Para ellos el corazón no sirve para escribir, ni para pintar, ni para cantar. Paula era una mujer bien acomodada económicamente. Su papá era abogado del mío y era lo mas parecido que él tuvo a un amigo. Mariela y Paula eran amigas desde que tengo memoria. Probablemente aun antes de que yo naciera.
Aun siendo mayor que yo, la madurez de Paula siempre me sorprendió, y tal vez era eso mismo lo que amaban mi hermana y mi padre. Veían en ella la mismas virtudes que creían tener.
Y era eso lo que nos unió a mi y a Paula. Eramos el equipo perfecto para mantener controlada nuestra vida y no imaginaba mi vida con una mujer que no fuera así.
Paula tenía belleza y majestuosidad. Era como un león hecho mujer. Tenia una sonrisa que pocos conocíamos; un semblante serio y relajado, como si siempre tuviera el control de cualquier situación; sus ojos grises y redondos brillaban, fríos como hielo sobre su tez blanca y el cabello, rizado y rojo como cobre, era un laberinto en el que alguna vez me hubiera perdido para siempre.
Helena, en cambio, era de una belleza diferente. Tan sencilla... Tan mundana. Siempre con una sonrisa dibujada y sus ojos rasgados brillando como dos diamantes color miel; su piel tenía pinceladas de sol disparejas y cicatrices, como a quien no le importan los detalles. Ella adoraba ver mis pinturas, mis canciones, mis poemas. Para ella no existían las rutinas y a su lado cada día era de un color distinto. Ella me hizo cantar, me hizo amar... Me hizo loco. De esos sin remedio, y todo lo que no me gustaba en una mujer, ella me hizo adorarlo.
Ella me enseño a cometer errores y no arrepentirme de ellos, y por eso, hoy yo no me arrepentía de ella.
Inhale lentamente mi cigarro, exhalé y me limité a contestar "Paula ya pasó. Igual que Helena" y poniéndome de pie tiré mi cigarro "Gracias por el desayuno, Mariela. Salúdame a papá".
miércoles, 19 de junio de 2013
Cap. 4 - Dragones y princesas
Llevaba los mismos zapatos que el día que la conocí, los blancos con el listón azul, jeans y una blusa amarilla. El amarillo simplemente era su color. Siempre que lo usaba sus ojos miel tenían un brillo que avergonzaría a la misma Antares.
"¿Tienes mucho esperando?" Dijo Helena y su voz era un vaso de agua en un día de mayo.
"No importa, llegaste" dije yo olvidando lo molesto que estaba antes de verla.
Siempre me molestó la impuntualidad, me parecía una falta de respeto terrible. Soy el tipo de hombre que tiene su reloj adelantado cinco minutos, como si eso en verdad fuera de algún modo hacerme llegar temprano a mis compromisos. ¿Por qué hacemos eso a fin de cuentas? En el fondo sabemos claramente que nuestro reloj esta adelantado, leemos "diez, quince" y pensamos en "diez, diez" y entonces ¿Cual es el punto?
Tan inútil como los cinco minutos adelantados en mi reloj era el tratar de reclamarle a Helena. Ella nunca fue puntual. A diferencia de mi, Helena ni siquiera cargaba un reloj. Para ver la hora miraba su celular y eso no era seguido. Ella no pensaba en donde debería estar, ni a que horas. Helena no medía sus días en horas. Helena nunca fue de este mundo, y si lo era, no era humana. Los humanos tenían preocupaciones, ella siempre tenía las respuestas mas simples y una sonrisa.
"No tenemos tiempo de cenar, la función empieza en quince minutos" Le dije esperando su respuesta. Según Helena, siempre había tiempo para todo. Pero esta vez no respondió. Me termine lo que quedaba de mi cerveza y me puse de pie. "¿Así de simple? No habrá discusión esta vez?" Le dije en un tono de burla, disimulando de la peor manera mi preocupación al ver que tenía una seriedad que nunca había visto en ella.
"¿Tu me quieres Fernando?" Me dijo mirando mis zapatos como hipnotizada.
"Claro que te quiero, eres mi vida" Le contesté rápido. Como cuando se contesta un saludo por rutina. Y sin siquiera pensarlo, tomé su mano y la apreté.
"Pero estoy hablando en serio. ¿Me quieres mucho? ¿Me amas?" Podía escuchar el miedo en su voz, como si yo tuviera razones para no quererla.
"Te amo Helena. Para siempre." Las palabras salían de mi del modo más natural, más practicado, más conocido. Lo había repetido tantas veces, pero ahora, por un momento el tiempo se detuvo y pensé en la magnitud de lo que estaba diciendo. "Para siempre" es mucho tiempo. Ella no pregunto hasta cuando la amaría, ¿Por qué tendría yo que decir que para siempre? Y ¿Qué sentido tiene amar a alguien para siempre, cuando la vida es finita? Aún así la seguridad en mis palabras me convencía a mi mismo. "Para siempre" repetí después de una pausa y la abracé.
"Pero estoy hablando en serio. ¿Me quieres mucho? ¿Me amas?" Podía escuchar el miedo en su voz, como si yo tuviera razones para no quererla.
"Te amo Helena. Para siempre." Las palabras salían de mi del modo más natural, más practicado, más conocido. Lo había repetido tantas veces, pero ahora, por un momento el tiempo se detuvo y pensé en la magnitud de lo que estaba diciendo. "Para siempre" es mucho tiempo. Ella no pregunto hasta cuando la amaría, ¿Por qué tendría yo que decir que para siempre? Y ¿Qué sentido tiene amar a alguien para siempre, cuando la vida es finita? Aún así la seguridad en mis palabras me convencía a mi mismo. "Para siempre" repetí después de una pausa y la abracé.
"No quiero ir al teatro" dijo después de un tiempo y se seco los ojos con las muñecas.
"No tenemos que ir. De cualquier modo era tarde" le dije sonriendo "Vamos a cenar"
"No tengo hambre. ¿Podemos solo irnos?" dijo ella y sin esperar respuesta empezó a caminar hacia afuera del bar.
"No tenemos que ir. De cualquier modo era tarde" le dije sonriendo "Vamos a cenar"
"No tengo hambre. ¿Podemos solo irnos?" dijo ella y sin esperar respuesta empezó a caminar hacia afuera del bar.
Cuando llegamos al carro y abrí su puerta ella me miró y sonrió "Es cansado ser un caballero todos los días, Fernando. Debes tomar vacaciones" su voz recobró su fuerza y en un segundo ella volvía a ser mi Helena de siempre.
"Debe ser cansado ser una princesa todos los días Helena. Debes tomar vacaciones" le contesté en un tono irónico, pero ella no rió. Se quedó pensativa como una niña después de una lección en la escuela.
Soltó una corta carcajada y me miró a los ojos con esas estrellas color miel.
"Yo no soy una princesa, yo soy un dragón" dijo terminantemente. "Soy fuerte y soy libre. Soy un dragón."
"Yo no soy una princesa, yo soy un dragón" dijo terminantemente. "Soy fuerte y soy libre. Soy un dragón."
Ella era una adivinanza que nunca comprendí. Pero no quise intentarlo esa noche. ¿Quién soy yo para juzgar a un dragón?
martes, 18 de junio de 2013
Cap. 3 - Cobarde
Una vez escuché que alejarse era de cobardes. Tal vez yo soy un cobarde. Pero no es tan malo; es decir, el valiente lucha por lo que cree. Lucha y sufre y muere. Grita y se retuerce en el campo de batalla sin llorar ni maldecir a su suerte. Es un héroe que vive en la memoria de los que lo conocieron y vive hasta que todos lo olvidan.
Yo soy un cobarde, yo no lucho, yo huyo. Yo huyo cansado de sufrir y de luchar. Yo me doy media vuelta, lloro y me alejo, y no vivo en la memoria de nadie. Yo maldigo mi suerte para no maldecir tu nombre.
El valiente lucha por lo que cree, pero creer algo no lo convierte en lo correcto. Yo no lucho por lo que creo, porque lo que creo está mal. Yo no lucho por ella, aunque la adore. Yo no lucho ni sufro ni muero por ella... Ya no más.
Yo me alejo, porque cerca no puedo más. Porque prefiero ser un cobarde que sufrir más por ella. Porque se, muy en el fondo, que mi amor es erróneo. Porque quererla no es suficiente para vivir, y yo no quiero morir de amor. Yo quiero vivir y encontrar otra razón para sonreír aparte de sus ojos.
Y teniendo tantas palabras para decirle, tantas para escribirle, mejor me vine así, sin decir adiós. Porque así se alejan los cobardes.
Y teniendo tantas palabras para decirle, tantas para escribirle, mejor me vine así, sin decir adiós. Porque así se alejan los cobardes.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Cap. 2 - El peor de los sabores.
Como cuando dejas un limón partido en la mesa por horas. Así sabían sus besos. Alguna vez fueron el sabor más dulce, más fresco, más esperado. Pero ahora eran amargos.
El café estaba frío y el segundero del reloj parecía un martillo en mi cabeza. "¿Con quien estará la muy puta?" me preguntaba una y otra vez, y cada tanto cambiaba mi pregunta "¿Le habrá pasado algo?" El problema de estar enamorado es ese. Que entre las ganas de matarla y las ganas de besarla el cerebro se contradice y entra uno en una especie de locura temporal.
Termine mi café. Frío como estaba. Así, amargo, como los besos de Helena desde hace dos semanas. Desde que le supe lo del otro. "Hija de veintiún chingadas, has de creer que me haces pendejo" pensaba en voz alta como si diciéndolo me convenciera a mi mismo de odiarla, pero no. Era imposible no quererla, aun con lo que me había hecho. "Le di otra oportunidad, nomas pa' que me chingara de vuelta".
Nunca creí en segundas oportunidades, sigo sin creer en ellas, pero es que esa mujer me volvía necio. Necio por tenerla, sabiendo que ella nació para ser libre. Yo ya sabia eso, pero con todo y eso la quería para mi. "¿Con quien estará la muy puta?" me pregunte otra vez y empece a hacer una lista de con quien, según yo, andaba ella. Para ser justos, la lista rayaba en lo ridículo, pero estaba celoso. Cuando uno esta celoso ya nada parece imposible.
Iba llegando al veinticinco de la lista cuando escuche las llaves en la puerta. Me levante y fui a encontrarla en la sala, preparando mi discurso "¿Tu crees que soy pendejo para no saber donde estas?" Sonaba bien en mi mente. Me sentía seguro de mi mismo, seguro de no querer volver a verla. "Pero esto se acabo cabrona, te me vas de mi casa inmediatamente" y hasta sonreía de pensar lo merecido que se lo tenía.
Nos miramos fijamente justo en la entrada. Otra vez estaba borracha. No solo eso, pero no podría decir que se metió esta vez. Olía a tabaco, cerveza, sudor, perfume y a traición. Hubiera apostado mi vida a que se había metido con alguien... Otra vez.
Todas las palabras que había estado ensayando se agolparon en mi garganta mientras ella me miraba con su cara pálida y sus ojos a punto de cerrarse. Sonrió con esa sonrisa cínica Esa que siempre hacía cuando sabía que estaba enojado. Esa de la que me enamore. "Ven" le dije yo y la cargue hasta el cuarto.
"Te amo." dijo ella con un hilo de voz y me beso. Un beso que sabía como cuando partes un limón y lo dejas en la mesa por horas.
El café estaba frío y el segundero del reloj parecía un martillo en mi cabeza. "¿Con quien estará la muy puta?" me preguntaba una y otra vez, y cada tanto cambiaba mi pregunta "¿Le habrá pasado algo?" El problema de estar enamorado es ese. Que entre las ganas de matarla y las ganas de besarla el cerebro se contradice y entra uno en una especie de locura temporal.
Termine mi café. Frío como estaba. Así, amargo, como los besos de Helena desde hace dos semanas. Desde que le supe lo del otro. "Hija de veintiún chingadas, has de creer que me haces pendejo" pensaba en voz alta como si diciéndolo me convenciera a mi mismo de odiarla, pero no. Era imposible no quererla, aun con lo que me había hecho. "Le di otra oportunidad, nomas pa' que me chingara de vuelta".
Nunca creí en segundas oportunidades, sigo sin creer en ellas, pero es que esa mujer me volvía necio. Necio por tenerla, sabiendo que ella nació para ser libre. Yo ya sabia eso, pero con todo y eso la quería para mi. "¿Con quien estará la muy puta?" me pregunte otra vez y empece a hacer una lista de con quien, según yo, andaba ella. Para ser justos, la lista rayaba en lo ridículo, pero estaba celoso. Cuando uno esta celoso ya nada parece imposible.
Iba llegando al veinticinco de la lista cuando escuche las llaves en la puerta. Me levante y fui a encontrarla en la sala, preparando mi discurso "¿Tu crees que soy pendejo para no saber donde estas?" Sonaba bien en mi mente. Me sentía seguro de mi mismo, seguro de no querer volver a verla. "Pero esto se acabo cabrona, te me vas de mi casa inmediatamente" y hasta sonreía de pensar lo merecido que se lo tenía.
Nos miramos fijamente justo en la entrada. Otra vez estaba borracha. No solo eso, pero no podría decir que se metió esta vez. Olía a tabaco, cerveza, sudor, perfume y a traición. Hubiera apostado mi vida a que se había metido con alguien... Otra vez.
Todas las palabras que había estado ensayando se agolparon en mi garganta mientras ella me miraba con su cara pálida y sus ojos a punto de cerrarse. Sonrió con esa sonrisa cínica Esa que siempre hacía cuando sabía que estaba enojado. Esa de la que me enamore. "Ven" le dije yo y la cargue hasta el cuarto.
"Te amo." dijo ella con un hilo de voz y me beso. Un beso que sabía como cuando partes un limón y lo dejas en la mesa por horas.
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