miércoles, 31 de julio de 2013

Cap. 7 - Vacío

Mi mamá nos abandonó cuando yo era un niño, así que cuando mi padre me decía que yo era igual a ella no sabía como reaccionar. Pero si en algo me parecía a ella es en que no pude soportar seguir las reglas de mi padre. Tal vez si yo hubiera estado en su lugar también me hubiera ido.
Mi hermana creció odiando a mi madre por haberse ido, pero yo no podía tener ese odio. Aun cuando nos abandonó, yo no supe sus razones y por eso no la puedo juzgar.
Siempre que peleaba con mi papá me gustaba pensar que mi mamá lo hubiera entendido. Que ella hubiera apoyado mi carrera de artista y no me hubiera corrido de su casa por no ser lo que ella esperaba de mi. Tal vez me hubiera abrazado y me hubiera hecho sentir que todo iba a estar bien, tal vez ella tenía todo el calor que faltaba en casa y se lo llevo con ella, o tal vez mi padre se volvió frío al perderla. Tal vez por eso nunca mostró sus emociones, porque aun el, siendo fuerte como era, tenía el corazón vacío después de perder a la mujer que amó.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo el día que pensé en eso por primera vez. ¿Y si yo me volvería como mi padre por haber perdido a Helena? ¿Y si el corazón no volviera a sanar?
Pero yo no la perdí a ella. Yo fui quien decidió alejarse; pero, aun siendo mi decisión, el vacío seguía ahí. ¿Por qué dejar a quien me hacía el hombre mas feliz? Seguro Helena tendría la respuesta. Una respuesta tan simple que me sentiría estúpido de haberlo preguntado. Siempre era así.
Pero y ella, ¿No pensaba en mi? ¿Por qué nunca llamó? Habían pasado cuatro meses que me fui. No me atreví a decirle que se fuera, así que volví a mi viejo estudio, sin importar perder todo por lo que trabajé alguna vez. Había poco espacio, pero no necesitaba más. El olor a pintura y a madera, un baño y una parrilla. Cuando salí de casa es lo único que tenía y nunca me hizo falta nada, pero hoy era tan difícil estar así... No extrañaba la sala de gamuza, ni el comedor, ni mi cama. Solo a Helena. Solo su risa escandalosa y su pésima comida. Sus llamadas interrumpiendo mis clases, su voz al llegar a casa, su olor en mi almohada. Extrañaba aun los días que llegaba a mitad de la noche sin dar explicaciones y se acostaba a mi lado dándome las buenas noches con aliento alcohólico. Extrañaba todo lo que llegué a amar un día y después, otro día, sin saber porque, comenzó a molestarme. ¿En que momento su libertad y su locura dejaron de ser lo más bello y se volvieron insoportables?
Yo la quise, y quererla era perfecto. Quererla como era, amarla como se aman las aves; amar verla volar y descifrar el misterio de su vuelo. Pero un día deje de amarla libre, y la quise mía. Mía y de nadie más. Quise ser su dueño, pero ella no quiso ser mía. Porque un ave fuerte nunca vivirá en una jaula. Volará tan alto que nunca podrás verla otra vez. Y así volaba Helena, alejándose de mi para no vivir atrapada en esa jaula, pero siempre volviendo a ella, para que yo pudiera apreciarla y acariciarla. Tal vez por ego, porque nadie la haría sentirse tan adorada como yo o tal vez porque de verdad yo le importaba y ella sabía lo feliz que podía hacerme el que ella estuviera a mi lado. Hacerme vivir mi fantasía de ser su dueño, aun cuando ni ella ni yo creíamos en esa mentira. Pero entre más me daba, más le pedía; y ese fue mi error. Perdí de vista lo que amé de ella y de repente amé una idea que yo mismo creé, la idea de mi Helena, la que prefería estar a mi lado que estar bailando, corriendo o volando.
Si hubiera sido un poco más fuerte, tal vez me hubiera quedado, hubiera aprendido mi lección y hubiera cambiado, pero no pude controlar mis sentimientos. Cerca de ella nunca podría dejarla en libertad y por eso la dejé. Para que volviera a ser la Helena de la que me enamoré. Helena la del viento, la del mar, la de nadie.

domingo, 21 de julio de 2013

Cap. 6 - No te vayas

"No te vayas" le dije cuando ella estaba abriendo la puerta. "Ni siquiera pensabas decir adiós". Los primeros rayos del sol entraban por la ventana y Helena me miraba desde la puerta sin decir nada, y sin decir nada salió y cerró la puerta tras ella. Pensé en detenerla, pero solo había dormido una hora y mi mente no reaccionó a tiempo.
Cuando volví a abrir los ojos el sol ya se inclinaba al oeste y en mi cabeza sentía un ejercito mal organizado marchando a destiempo de mil tambores. Me duché y después del segundo café mi mente comenzó a atar cabos de la noche anterior.
No había salido con Axel desde que terminé con Paula, siempre sentí que era mas amigo de ella que mío, pero teníamos cuatro o cinco semanas que empezamos a salir de nuevo y las fiestas habían terminado en una patrulla, un choque o inconscientes en una banqueta del centro de la ciudad. Así que supuse que me lo tomaría con calma esta vez, un poco de irreverencia no hace daño, pero lo cierto es que ese tipo de situaciones nunca han ido con mi personalidad. Además, ya tenía suficiente trabajo atrasado en el estudio.
Fuimos a una fiesta bastante improvisada, pero fiesta a fin de cuentas. Era uno de esos sábados que no había nada mejor que hacer.
Eran poco mas de las dos cuando vi a Helena sentada en un sillón dibujando en una servilleta. No era la primera vez que la veía, recuerdo haberla visto en una o dos fiestas antes y no me causaba el más mínimo interés, pero ese día, al verla tan concentrada en algo que parecía ser tan tonto, no pude evitar sentirme intrigado y tuve que acercarme a ella.
Me senté a su lado sin decir nada. Solo observaba sus garabatos y ella parecía no darse cuenta de mi presencia, para ella el mundo solo era esa servilleta, su pluma y lo que para mi parecía un ciervo. Cuando ella se sintió conforme con su trabajo dejo la pluma en la mesa y me miró con una inocente sonrisa
"¿Qué te parece?"
Yo me dí cuenta que el ciervo no tenía cuernos así que le dije "Es muy bonita".
Ella abrió sus ojos rasgados y me arrebató el dibujo "¿Ella? ¿Cómo sabes que es mujer?".
"Los ciervos hombres tienen cuernos".
Ella borro su sonrisa y frunció las cejas "Es un caballo. Obviamente no sabes nada de arte".
No pude evitar reír con ese comentario, era probablemente lo mas irónico que me podría decir una niña borracha que garabatea en servilletas. "Tal vez no," le dije riendo " pero llevo ya tres años viviendo de eso. Soy Fernando Canseco, maestro de artes plásticas y artista independiente, mucho gusto...¿Cómo te llamas?".
Ella se sonrojo y bajo la mirada avergonzada. En toda mi vida, nunca había visto una escena tan conmovedora como su cara en ese momento. No podría contar los cuadros que hice inspirado en ese momento.
"Soy Helena. Helena Gaxiola," dijo sonriendo " y me encantaría ver tu trabajo Fernando".
La tomé de la mano y salimos de la fiesta sin despedirnos de nadie, en el carro hablamos de todo y de nada, tan sencillo como si nos conociéramos de toda la vida y tan interesante como si ella sola fuera un nuevo mundo. Esa fue la magia de Helena. Que desde ese momento, yo ya me había enamorado de ella.
Cuando llegamos a mi casa le mostré mi trabajo, hablamos y bebimos una botella barata de vino de Cabernet Sauvignon. Una cosa llevo a la otra y comenzé a besarla.
Ya no diferenciaba los sabores. El perfume en su cuello, el tabaco en mi garganta, su aliento a alcohol, su cabello... Todo daba vueltas en mi lengua mientras cada respiro me llenaba de ella. Podía sentir sus manos en mi espalda, como me apretaba contra ella y yo, con una desesperación animal, tocaba su cuerpo desnudo, como probándome a mi mismo que ella era real. Cerraba mis ojos y al abrirlos la miraba a media luz, su cabello alborotado, sus ojos rasgados, su boca haciendo muecas al sentirme dentro de ella. Toda ella. Mi Helena, tan perfecta para mi en ese momento. Tan necesaria.
No supe cuanto tiempo lo hicimos. No recuerdo muchas cosas de ese día, solo que de repente ya no la sentí entre mis brazos y al abrir los ojos ella estaba en la puerta.
"No te vayas." le dije, pero a ella no le importó.