jueves, 20 de junio de 2013

Cap. 5 - Desayunar con Mariela

"Es que yo no entiendo como dejaste a Paula si eran igualitos" me decía Mariela cada que tenía una oportunidad. Después daba un sorbo a su café y seguía "Ella si me gustaba para cuñada, Helena es una niña. Nomás andabas perdiendo el tiempo con ella".
Mariela conocía la manera de iniciar una discusión y amaba hacerlo, y tal vez hubiera funcionado, si yo hubiera sido el hombre que era, no el hombre en que me convirtió Helena. Siempre fui un hombre ordenado, siempre mirando la agenda y mirando después el reloj. No me gustaban las sorpresas ni me gustaban los cambios. Pero ella me enseño a ver la vida con mas calma. Me enseño que la pasión no se usa para discutir, sino para crear y para amar.
Ni Mariela ni mi padre lo entendieron. Para ellos mis pinturas eran una pérdida de tiempo, igual que la poesía. "Nadie puede vivir decentemente de eso" respondía mi papá levantando la vista del periódico cuando me atrevía a insinuarlo. "En esta familia somos doctores, Fernando. Entiende que no puedes tirar a la basura el trabajo mío y de tu abuelo" remataba siempre después de un respiro y sus ojos regresaban a su eterna lectura.
Claro que Mariela amaba a Paula, Mariela era igual a mi padre. El corazón para ellos solo es un musculo bombeando sangre para no morir. Para ellos el corazón no sirve para escribir, ni para pintar, ni para cantar. Paula era una mujer bien acomodada económicamente. Su papá era abogado del mío y era lo mas parecido que él tuvo a un amigo. Mariela y Paula eran amigas desde que tengo memoria. Probablemente aun antes de que yo naciera.
Aun siendo mayor que yo, la madurez de Paula siempre me sorprendió, y tal vez era eso mismo lo que amaban mi hermana y mi padre. Veían en ella la mismas virtudes que creían tener.
Y era eso lo que nos unió a mi y a Paula. Eramos el equipo perfecto para mantener controlada nuestra vida y no imaginaba mi vida con una mujer que no fuera así.
Paula tenía belleza y majestuosidad. Era como un león hecho mujer. Tenia una sonrisa que pocos conocíamos; un semblante serio y relajado, como si siempre tuviera el control de cualquier situación; sus ojos grises y redondos brillaban, fríos como hielo sobre su tez blanca y el cabello, rizado y rojo como cobre, era un laberinto en el que alguna vez me hubiera perdido para siempre.
Helena, en cambio, era de una belleza diferente. Tan sencilla... Tan mundana. Siempre con una sonrisa dibujada y sus ojos rasgados brillando como dos diamantes color miel; su piel tenía pinceladas de sol disparejas y cicatrices, como a quien no le importan los detalles. Ella adoraba ver mis pinturas, mis canciones, mis poemas. Para ella no existían las rutinas y a su lado cada día era de un color distinto. Ella me hizo cantar, me hizo amar... Me hizo loco. De esos sin remedio, y todo lo que no me gustaba en una mujer, ella me hizo adorarlo.
Ella me enseño a cometer errores y no arrepentirme de ellos, y por eso, hoy yo no me arrepentía de ella.
Inhale lentamente mi cigarro, exhalé y me limité a contestar "Paula ya pasó. Igual que Helena" y poniéndome de pie tiré mi cigarro "Gracias por el desayuno, Mariela. Salúdame a papá".

miércoles, 19 de junio de 2013

Cap. 4 - Dragones y princesas

Llevaba los mismos zapatos que el día que la conocí, los blancos con el listón azul, jeans y una blusa amarilla. El amarillo simplemente era su color. Siempre que lo usaba sus ojos miel tenían un brillo que avergonzaría a la misma Antares.
"¿Tienes mucho esperando?" Dijo Helena y su voz era un vaso de agua en un día de mayo. 
"No importa, llegaste" dije yo olvidando lo molesto que estaba antes de verla. 
Siempre me molestó la impuntualidad, me parecía una falta de respeto terrible. Soy el tipo de hombre que tiene su reloj adelantado cinco minutos, como si eso en verdad fuera de algún modo hacerme llegar temprano a mis compromisos. ¿Por qué hacemos eso a fin de cuentas? En el fondo sabemos claramente que nuestro reloj esta adelantado, leemos "diez, quince" y pensamos en "diez, diez" y entonces ¿Cual es el punto? 
Tan inútil como los cinco minutos adelantados en mi reloj era el tratar de reclamarle a Helena. Ella nunca fue puntual. A diferencia de mi, Helena ni siquiera cargaba un reloj. Para ver la hora miraba su celular y eso no era seguido. Ella no pensaba en donde debería estar, ni a que horas. Helena no medía sus días en horas. Helena nunca fue de este mundo, y si lo era, no era humana. Los humanos tenían preocupaciones, ella siempre tenía las respuestas mas simples y una sonrisa.
"No tenemos tiempo de cenar, la función empieza en quince minutos" Le dije esperando su respuesta. Según Helena, siempre había tiempo para todo. Pero esta vez no respondió. Me termine lo que quedaba de mi cerveza y me puse de pie. "¿Así de simple? No habrá discusión esta vez?" Le dije en un tono de burla, disimulando de la peor manera mi preocupación al ver que tenía una seriedad que nunca había visto en ella.
"¿Tu me quieres Fernando?" Me dijo mirando mis zapatos como hipnotizada.
"Claro que te quiero, eres mi vida" Le contesté rápido. Como cuando se contesta un saludo por rutina. Y sin siquiera pensarlo, tomé su mano y la apreté.
"Pero estoy hablando en serio. ¿Me quieres mucho? ¿Me amas?" Podía escuchar el miedo en su voz, como si yo tuviera razones para no quererla.
"Te amo Helena. Para siempre." Las palabras salían de mi del modo más natural, más practicado, más conocido. Lo había repetido tantas veces, pero ahora, por un momento el tiempo se detuvo y pensé en la magnitud de lo que estaba diciendo. "Para siempre" es mucho tiempo. Ella no pregunto hasta cuando la amaría, ¿Por qué tendría yo que decir que para siempre? Y ¿Qué sentido tiene amar a alguien para siempre, cuando la vida es finita? Aún así la seguridad en mis palabras me convencía a mi mismo. "Para siempre" repetí después de una pausa y la abracé.
"No quiero ir al teatro" dijo después de un tiempo y se seco los ojos con las muñecas.
"No tenemos que ir. De cualquier modo era tarde" le dije sonriendo "Vamos a cenar"
"No tengo hambre. ¿Podemos solo irnos?"
 dijo ella y sin esperar respuesta empezó a caminar hacia afuera del bar.
Cuando llegamos al carro y abrí su puerta ella me miró y sonrió "Es cansado ser un caballero todos los días, Fernando. Debes tomar vacaciones" su voz recobró su fuerza y en un segundo ella volvía a ser mi Helena de siempre.
"Debe ser cansado ser una princesa todos los días Helena. Debes tomar vacaciones" le contesté en un tono irónico, pero ella no rió. Se quedó pensativa como una niña después de una lección en la escuela.
Soltó una corta carcajada y me miró a los ojos con esas estrellas color miel.
"Yo no soy una princesa, yo soy un dragón" dijo terminantemente. "Soy fuerte y soy libre. Soy un dragón."
Ella era una adivinanza que nunca comprendí. Pero no quise intentarlo esa noche. ¿Quién soy yo para juzgar a un dragón?

martes, 18 de junio de 2013

Cap. 3 - Cobarde

Una vez escuché que alejarse era de cobardes. Tal vez yo soy un cobarde. Pero no es tan malo; es decir, el valiente lucha por lo que cree. Lucha y sufre y muere. Grita y se retuerce en el campo de batalla sin llorar ni maldecir a su suerte. Es un héroe que vive en la memoria de los que lo conocieron y vive hasta que todos lo olvidan.
Yo soy un cobarde, yo no lucho, yo huyo. Yo huyo cansado de sufrir y de luchar. Yo me doy media vuelta, lloro y me alejo, y no vivo en la memoria de nadie. Yo maldigo mi suerte para no maldecir tu nombre.
El valiente lucha por lo que cree, pero creer algo no lo convierte en lo correcto. Yo no lucho por lo que creo, porque lo que creo está mal. Yo no lucho por ella, aunque la adore. Yo no lucho ni sufro ni muero por ella... Ya no más.
Yo me alejo, porque cerca no puedo más. Porque prefiero ser un cobarde que sufrir más por ella. Porque se, muy en el fondo, que mi amor es erróneo. Porque quererla no es suficiente para vivir, y yo no quiero morir de amor. Yo quiero vivir y encontrar otra razón para sonreír aparte de sus ojos.
Y teniendo tantas palabras para decirle, tantas para escribirle, mejor me vine así, sin decir adiós. Porque así se alejan los cobardes.