"No te vayas" le dije cuando ella estaba abriendo la puerta. "Ni siquiera pensabas decir adiós". Los primeros rayos del sol entraban por la ventana y Helena me miraba desde la puerta sin decir nada, y sin decir nada salió y cerró la puerta tras ella. Pensé en detenerla, pero solo había dormido una hora y mi mente no reaccionó a tiempo.
Cuando volví a abrir los ojos el sol ya se inclinaba al oeste y en mi cabeza sentía un ejercito mal organizado marchando a destiempo de mil tambores. Me duché y después del segundo café mi mente comenzó a atar cabos de la noche anterior.
No había salido con Axel desde que terminé con Paula, siempre sentí que era mas amigo de ella que mío, pero teníamos cuatro o cinco semanas que empezamos a salir de nuevo y las fiestas habían terminado en una patrulla, un choque o inconscientes en una banqueta del centro de la ciudad. Así que supuse que me lo tomaría con calma esta vez, un poco de irreverencia no hace daño, pero lo cierto es que ese tipo de situaciones nunca han ido con mi personalidad. Además, ya tenía suficiente trabajo atrasado en el estudio.
Fuimos a una fiesta bastante improvisada, pero fiesta a fin de cuentas. Era uno de esos sábados que no había nada mejor que hacer.
Eran poco mas de las dos cuando vi a Helena sentada en un sillón dibujando en una servilleta. No era la primera vez que la veía, recuerdo haberla visto en una o dos fiestas antes y no me causaba el más mínimo interés, pero ese día, al verla tan concentrada en algo que parecía ser tan tonto, no pude evitar sentirme intrigado y tuve que acercarme a ella.
Me senté a su lado sin decir nada. Solo observaba sus garabatos y ella parecía no darse cuenta de mi presencia, para ella el mundo solo era esa servilleta, su pluma y lo que para mi parecía un ciervo. Cuando ella se sintió conforme con su trabajo dejo la pluma en la mesa y me miró con una inocente sonrisa
"¿Qué te parece?"
Yo me dí cuenta que el ciervo no tenía cuernos así que le dije "Es muy bonita".
Ella abrió sus ojos rasgados y me arrebató el dibujo "¿Ella? ¿Cómo sabes que es mujer?".
"Los ciervos hombres tienen cuernos".
Ella borro su sonrisa y frunció las cejas "Es un caballo. Obviamente no sabes nada de arte".
No pude evitar reír con ese comentario, era probablemente lo mas irónico que me podría decir una niña borracha que garabatea en servilletas. "Tal vez no," le dije riendo " pero llevo ya tres años viviendo de eso. Soy Fernando Canseco, maestro de artes plásticas y artista independiente, mucho gusto...¿Cómo te llamas?".
Ella se sonrojo y bajo la mirada avergonzada. En toda mi vida, nunca había visto una escena tan conmovedora como su cara en ese momento. No podría contar los cuadros que hice inspirado en ese momento.
"Soy Helena. Helena Gaxiola," dijo sonriendo " y me encantaría ver tu trabajo Fernando".
La tomé de la mano y salimos de la fiesta sin despedirnos de nadie, en el carro hablamos de todo y de nada, tan sencillo como si nos conociéramos de toda la vida y tan interesante como si ella sola fuera un nuevo mundo. Esa fue la magia de Helena. Que desde ese momento, yo ya me había enamorado de ella.
Cuando llegamos a mi casa le mostré mi trabajo, hablamos y bebimos una botella barata de vino de Cabernet Sauvignon. Una cosa llevo a la otra y comenzé a besarla.
Ya no diferenciaba los sabores. El perfume en su cuello, el tabaco en mi garganta, su aliento a alcohol, su cabello... Todo daba vueltas en mi lengua mientras cada respiro me llenaba de ella. Podía sentir sus manos en mi espalda, como me apretaba contra ella y yo, con una desesperación animal, tocaba su cuerpo desnudo, como probándome a mi mismo que ella era real. Cerraba mis ojos y al abrirlos la miraba a media luz, su cabello alborotado, sus ojos rasgados, su boca haciendo muecas al sentirme dentro de ella. Toda ella. Mi Helena, tan perfecta para mi en ese momento. Tan necesaria.
No supe cuanto tiempo lo hicimos. No recuerdo muchas cosas de ese día, solo que de repente ya no la sentí entre mis brazos y al abrir los ojos ella estaba en la puerta.
"No te vayas." le dije, pero a ella no le importó.
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